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La obra que nos hizo obra, cine y arte

ANDREA MOMOITIO

El día que vimos por primera vez este edificio por dentro resultaba arduo dimensionar su tamaño. Hoy, nos sucede algo parecido: normalmente se nos queda muy grande y, a veces, anhelamos un par de plantas más. Estaba repleto de vestidos de novia, pamelas, zapatos de ceremonias, trajes de comunión y faldones de bautizo. Ninguna sabíamos a dónde mirar: la lámpara, la escalera, la moldura, los papeles de la pared. Contemplamos sorprendidas cada pequeño detalle. Habíamos pasado decenas de veces por aquí, conocíamos la fachada y los vestidos del escaparate, pero ninguna había entrado hasta entonces. No lo pensamos mucho: “Nos lo quedamos”.

Poco a poco fue quedándose desnudo ante nuestros ojos, pero no parecía sentir ningún pudor. Vimos entonces todos sus defectos: las humedades, las paredes sin papel, los desgarrones de la moqueta, la fragilidad de sus tuberías, el enjambre de cables de la instalación eléctrica. Detrás de tanta pomposidad, este pequeño rincón se manifestó especialmente frágil y vulnerable al quedarse desnudo. Construido en 1909, ha sido almacén del puerto, tienda de bolsas y maletas, atelier de vestidos de novia. Nadie sabía decirnos dónde estaban las tuberías y hubo que perforarle los pies para encontrarlas. Aquella primera cata –hasta entonces sólo conocíamos las catas de vino– acabó en inundación. Los problemas afloraron entre los defectos, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Las obras empezaron sin tener constituido el equipo de trabajo. Los primeros meses de rehabilitación aquí estuvo solo Beatriz Silva, que giró la escalera y pintó con boli bic las imperfecciones del papel azul de la planta de las flores. Llegaron poco después Yulia van der Bom, Rakel Garcia, Paz Carbajosa, Nuria Martinez, Iratxe Marián y todas las que, poco a poco, fueron sanando las heridas del paso del tiempo y del paso de los hombres que entraron puntualmente a trabajar en esta obra. La entrada de este edificio lucía un mármol negro precioso que una cuadrilla de obreros destrozó por no escucharnos. Las indicaciones de la arquitecta eran muy claras, pero ¿cómo iban ellos a hacer caso a una mujer? Enseguida entendimos por qué llamaban chapuzas a las obras.

Llegaron las primeras obreras y llegaron, a la vez, nuestras compañeras de Al borde films. Colocaron la cámara con amor y paciencia. Empezaba así el rodaje: Luces, cámara, sonido. Todo estaba preparado. Entre escombros, facturas sin pagar y muchas ganas de comernos el mundo, nos aventuramos a rehabilitar un edificio mientras rodábamos una película. Al principio queríamos demostrar que podía hacerse una obra solo con mujeres. Luego, entendimos que lo importante era revelar por qué no era posible algo así.

Abrimos La Sinsorga y dejaron de rodar. Unos meses después, todavía entre facturas sin pagar, pudimos ver por primera vez Llámame Sinsorga, la película que cuenta cómo fue el proceso de rehabilitación de este espacio. Quedamos conmovidas por tanta belleza, por la singularidad de una película que trascendía nuestra propia historia. Una obra dentro de otra. ¿Cómo no íbamos a estar cansadas? Lejos de limitarse a documentar cómo fueron aquellos dieciocho meses, Paula Iglesias y Marta Gómez, las directoras de la película, han creado un universo muy propio dentro de estas cuatro paredes. Atienden, como atendieron las mujeres que trabajaron en la obra, las pieles de La Sinsorga como habría que cuidar las pieles de nuestras viejas. La película narra nuestra historia, sí, pero también cuenta otras: cuenta cómo se transforma el edificio, cómo se transforma la idea de amor romántico, cómo se desmontan las canciones machistas, cómo se deshilvanan los trajes de novia.

Una obra de una obra no podría quedarse solo así y, ahora, Ainhoa Güemes nos presenta una exposición en la que selecciona distintos objetos y pasajes de la película: el vestido que rediseña Fatou Dieng, la maqueta de Kore Herrán, Yulia van der Bom y fotogramas de la película que acompaña con obras de Dora Salazar y de Mª José Mora.

Hoy, al recorrer este espacio que ya sentimos como propio –y que se mantendrá abierto el tiempo que podamos– entendemos que La Sinsorga nunca fue solo un edificio. Ni la obra fue solo una obra, ni la película es solo una película. La Sinsorga es un cuerpo colectivo hecho de manos, miradas y memorias; un espacio que nos transforma a la vez que lo transformamos entre todes. Quizá siga siendo demasiado grande, demasiado pequeño o demasiado frágil, pero también es, por fin, un lugar vivo. Mientras sus paredes sigan resonando con las voces de todas las mujeres que lo habitaron y lo habitan, este proyecto —esta obra dentro de otra— seguirá creciendo, cobrando forma y abriendo camino.