
Eulalia Abaitua Allende-Salazar es la primera fotógrafa vasca de la que se tiene registro. Nacida en Bilbao en 1853, inmortalizó los rostros de las mujeres del ámbito rural y urbano de Bizkaia como nadie lo había hecho hasta la época.
Sus retratos costumbristas de las mujeres de la época son ya patrimonio de nuestra cultura. Para quienes han analizado su obra, Eulalia Abaitua fue la primera reportera gráfica de Euskal Herria, antes incluso de que se inventase esta disciplina.
El legado cultural de Eulalia fue un descubrimiento tardío. Hasta 1990, año en el que el Museo Vasco de Bilbao empieza a archivar y exponer las imágenes de la fotógrafa, poco se sabía de esta artista que firmaba con una A (de Abaitua) y retrató como nadie las vidas de las mujeres de una época.
María Elvira Juliana de Abaitua Allende-Salazar, conocida después como Eulalia Abaitua, nació en la anteiglesia de Begoña (ahora Bilbao), el 25 de enero de 1853. Vino al mundo en el seno de una familia burguesa, formada por María Eulalia Allende-Salazar Eguía, natural de Gernika, y el comerciante bilbaíno Luis de Abaitua y Adaro.
Marcada por la muerte de su madre días después del alumbramiento, la familia de nuestra protagonista decidió apartar el nombre oficial que habían puesto al bebé y la bautizaron como Eulalia, en honor a su madre. La propia Eulalia y su hermano mayor Felipe fueron criados por una nodriza en la casa familiar, ubicada en las Siete Calles de Bilbao.
La siguiente pista que alumbra la biografía de la primera fotógrafa vasca data de la década de 1860, en Barcelona. Eulalia estudió en el colegio Sagrado Corazón de Jesús de Sarriá, aunque se desconoce por cuánto tiempo, ya que los archivos de la institución se quemaron durante la Guerra Civil.
En 1870 se produjo el último alzamiento carlista, evento que desembocó en la tercera y última guerra carlista en 1872. En este contexto convulso, la familia Abaitua Allende-Salazar se trasladó a Liverpool (Reino Unido).
Eulalia y su familia se asentaron en el número 69 de la calle Slaw Street, en el distrito Everton de Liverpool. Allí, la bilbaína conoció al ingeniero naval sevillano Juan Narciso de Olano, hijo de un amigo de la familia. Ambos residieron en la casa familiar, hasta que al cumplir los 18 años, Eulalia se casó con Juan Narciso. Mientras ambas familias fundaban la empresa de navegación Olano, Larrinaga and Co., que abrió una ruta comercial con las colonias españolas de Cuba y Puerto Rico, Eulalia descubrió la fotografía.
La década de los 1870 marcó un hito en la historia de la fotografía, ya que fue entonces cuando se empezaron a fabricar las primeras placas de gelatino-bromuro (también llamadas placas secas) sobre vidrio.
Este avance, que ocurrió precisamente en Liverpool, cambió la forma en la que la ciudadanía se relacionaba con la fotografía, ya que convirtió la tarea en algo mucho más rápido, fácil y accesible para cualquiera que pudiese permitirse comprar el material. También para las mujeres, condenadas en la época a las tareas domésticas y con una vida mucho menos pública que los hombres.
Aunque poco se sabe respecto a los primeros años académicos de Abaitua, se intuye que su etapa en Liverpool influyó de manera notable en su obra. En el periodo de cerca de 10 años que pasó en la ciudad, la artista convivió con avances de la tecnología que marcaron un antes y un después en la historia de la disciplina. Las antes mencionadas placas secas de vidrio eran materiales transportables, no requerían un revelado instantáneo y eran fáciles de usar y guardar.
Cuarenta años después de que se inventara la fotografía, esta disciplina dejó de ser un arte reservado para expertos en la materia y pasó a ser un hobby entre las clases adineradas. De hecho, la historia sitúa en 1870 (década que Eulalia Abaitua pasó en Liverpool) el nacimiento de la fotografía amateur.
Teniendo en cuenta que la fotografía vino a sustituir a otras artes visuales como la pintura o la escultura, el uso de las cámaras de fotos acercó el arte al pueblo, poniéndolo al alcance de todo aquel que contase con el tiempo y la economía suficientes como para entrenarse en este hobby.
Aunque en muchísima menor medida, algunas mujeres de la clase alta comenzaron a formar sus equipos y usarlos para retratar el mundo desde su punto de vista. En esta época, la tradición fotográfica británica destaca la carrera de estas dos mujeres: Julia Margaret Cameron (1815-1879) e Isabel Agnes Cowper (1826-1911). La segunda, más cercana al estilo que desarrollaría Abaitua, fue la primera fotógrafa oficial del South Kensington Museum (actual Victoria & Albert Museum), cargo que ocupó a lo largo de tres décadas.
En la década de 1870, se dejaron atrás los oscuros retratos de estudio (la primera foto de la que se tiene constancia data de 1826) y se empezó a trabajar con la luz natural. Así, las y los fotógrafos se echaron a las calles para retratar los mercados, los campos y las calles de la época, dando paso al nacimiento de la corriente realista. Escenas improvisadas de gente trabajando, imágenes familiares o animales de labranza fueron, por primera vez, dignos protagonistas del foco.
La fotografía adoptó la función social de documentar y dejar constancia de las costumbres de la época, mostrando (como no había pasado hasta la fecha) las realidades de las personas de las clases sociales más bajas.
Aunque no existen registros oficiales, se cree que fue en este contexto cuando Eulalia Abaitua, joven con estudios e hija de una familia acomodada, tuvo su primer contacto con la fotografía. Mientras aprendía y disfrutaba del cambio que acercó la fotografía a lo doméstico, nuestra protagonista se quedó embarazada de su primera hija. En seis años, de 1872 a 1878, Eulalia y Juan Narciso crearon una familia de seis, trayendo al mundo a dos hijas y dos hijos, entre Liverpool y Bilbao.
En 1879, tras haber recibido en herencia una pequeña fortuna por la muerte de su padre, Eulalia y su familia vuelven a Bilbao, de forma definitiva.
Instalada en Begoña, la familia comenzó el proyecto de construcción del Palacio del Pino, en un terreno que Eulalia había heredado de su padre. Una vez construido, nuestra protagonista creó su propio laboratorio fotográfico en el sótano del palacete. Fue allí donde Eulalia exploró con material fotográfico y decidió lanzarse a las calles para retratar el Bilbao de la transición entre los siglos XIX y XX.
Tras 10 años de convivencia en el Palacio del Pino, el marido de Eulalia, Juan Narciso, murió en mayo de 1909. Abaitua y sus hijas e hijos permanecieron en la finca hasta que, en 1936, llegó la Guerra Civil española. La familia se trasladó entonces a un edificio del centro de Bilbao.
Con todo lo aprendido en Liverpool, Eulalia Abaitua volvió a casa con un cargamento de material inglés, toda su familia y la curiosidad necesaria para profundizar en su pasión.
A diferencia de la gran mayoría de mujeres acomodadas de la época, cuya existencia se veía limitada por las cuatro paredes del hogar, nuestra protagonista pudo salir a fotografiar y volver a casa para revelar y contárselo al mundo. Eulalia exploró la realidad en primera persona, acercándose a los diferentes estratos sociales que conformaban la sociedad de aquellos años.
La fotógrafa capturó la industrialización de aquella Bilbao decimonónica, el trabajo de las campesinas en los caseríos de Arratia, los curtidos rostros de las ancianas de Elorrio o Etxebarri y el carácter marino de los puertos de Santurtzi y Ondarroa.
También capturó, por primera vez desde que se tienen registros, las celebraciones y tradiciones de la época en la capital y los alrededores. Una gran parte de su legado se centra, por proximidad a su domicilio, en los rituales relacionados con la Virgen de Begoña.
Abaitua nos dejó fotografías de mujeres cocinando en la feria que se hacía cerca de la basílica, retratos de las peregrinas recién llegadas a Begoña, las romerías y las procesiones durante los primeros años de la década de 1900. Lejos de una interpretación dramática y folclórica de las tradiciones, la bilbaína supo capturar la esencia de los rituales sociales y religiosos con una visión plenamente testimonial.
Influida por los vientos realistas bretones, la labor de Eulalia cobró un sentido documental en el que el trabajo, lo urbano y el campo se impusieron sobre la vida burguesa. Gran parte de la obra de Abaitua (cerca de 2500 fotografías que custodia el Museo Vasco de Bilbao) la forman los retratos de mujeres, tanto individuales como familiares.
Catalogada siempre como fotógrafa amateur, no ejercer de forma profesional le hizo desarrollar libremente su potencial, retratando sólo aquello que le interesaba. Sin tener que responder ante clientes ni patrones, Abaitua nos lega una visión antropológica, realista y sin artificios, en la que sus modelos posan frente a la cámara, sonríen mientras aran la tierra o lucen atareadas por hacer llegar el pescado del día al Mercado de La Ribera.
Las caras, vestimentas y oficios de las mujeres que retrató Eulalia Abaitua apuntan hacia su innegable interés por los márgenes, por las historias que todavía no habían sido contadas. Alejada de la fotografía de estudio que predominó en su siglo, sus retratos muestran a las protagonistas en su contexto vital. Labradoras, rederas, sardineras, verduleras, costureras, lecheras y lavanderas ocupan el grueso de la obra de Abaitua.
Desde el conocido retrato de la peregrina de Begoña hasta las menos vistas caras de las ancianas de Dima, Zeanuri o Etxebarri, las mujeres y familias de Abaitua nos muestran cómo se vivía en Bizkaia en los últimos días del siglo diecinueve y los primeros del veinte. Rostros curtidos por el sol, el viento, el mar y el trabajo comparten escenario con bebés y ganado, casi siempre en escenarios naturales.
Además de las pequeñas expediciones fotográficas, Abaitua entrenó sus capacidades dentro de su hogar, el Palacio del Pino. Tanto es así que se tienen registros de numerosas fotografías del personal del servicio de su casa, así como algunos retratos familiares. En el archivo de la fotógrafa encontramos, por ejemplo, varias imágenes de Rosario Arabio-Urrutia Balciscueta, lavandera de la familia Abaitua Olano que hizo de modelo para la dueña de la casa.
La fotógrafa inmortalizó también los paseos familiares por las inmediaciones del palacete y el día a día dentro de la casa, dato que conocemos por el testimonio de su nieta Garbiñe Olano Galdós (1913-2015). La nieta de Abaitua contaba que su abuela les hacía fotos cada vez que la visitaban. Minutos después, volvía con copias, todavía húmedas, para cada miembro de la familia.
Aunque no conocemos su identidad, Eulalia Abaitua contaba con la ayuda de una joven ayudante, con la que formaba una poco común dupla de mujeres aficionadas a la fotografía. Retratada en varias de sus imágenes, la asistente era la encargada de trasladar el trípode, la tela que ponían de fondo para algunos retratos y el resto de material necesario para las sesiones improvisadas.
Ocupada disparando detrás del objetivo, contamos con pocas imágenes de la propia Eulalia. Aun así, varias de sus fotografías cuentan con un elemento común que hace a la fotógrafa parte de su propia composición: la sombra de su paraguas. En los días soleados, Eulalia trabajaba con un paraguas que protegía sus ojos para poder ver con nitidez aquello que capturaba y en varias de esas ocasiones, la sombra del paraguas se colaba en la parte inferior de las fotografías.
Además de la inédita forma de narrar de la fotógrafa bilbaína, esta inconfundible sombra y la A (de Abaitua) con la que firmaba sus fotos son los elementos que hacen reconocible su obra.
Eulalia Abaitua pasó sus últimos años en un piso del número 58 de la Gran Vía de Bilbao, hasta que murió en septiembre de 1943. A los 90 años, fue enterrada junto a su marido en el cementerio de Begoña. 67 años después de su muerte, en 2010, el Ayuntamiento de Bilbao dedicó a la fotógrafa una calle en el barrio de Txurdinaga.
La familia de Eulalia Abaitua cedió gran parte de su obra (2.500 fotografías) al Museo Vasco de Bilbao. Muchas de estas imágenes se exhibieron allí desde 1990 hasta 2021, año en el que el museo cerró para su remodelación.