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EIDER ITURRIAGA: «Hay mucha gente que regala sus fotos y es imposible darle valor a algo que alguien te está dando gratis»

PEPA FERREIRO

Eider Iturriaga lleva más de una década fotografiando la escena musical. No solo eso: ha trabajado en producción, como road manager y como técnica. ¿Te parece poco? También se sube al escenario como cantante. Hablamos con ella de precariedad, trabajo gratuito, derechos de autor, masculinización del sector y de todo lo que queda fuera de plano cuando miramos una fotografía de concierto.

¿Qué cámara utilizas ahora?

Tengo dos Nikon D500.

¿Cuánto te han costado?

Cada una cuesta unos 2.000 euros. Luego, los objetivos.

¿Cuánto dinero llevas gastado desde que empezaste?

La primera réflex digital que me compré fue en 2012. Me compré el típico pack que venía con un objetivo malo y así estuve bastante tiempo. El primer teleobjetivo de decir «me voy a gastar 1.500 euros» llegó después de la gira de Berri Txarrak. Antes incluso hubo ocasiones en las que lo alquilé.

¿Cuál fue tu primer contacto con la fotografía de conciertos? ¿Afición, encargo o necesidad de estar ahí?

Fue por afición a la música. Me acababa de comprar la cámara y también estaba esa necesidad de poder ir sola a sitios. Pensaba: «Voy a un concierto sola y estar con las manos en los bolsillos me cuesta, pero si voy con una cámara me cuesta menos». Empecé a hacer fotos, gustaron y comencé a ir todos los fines de semana a conciertos.

Durante mucho tiempo iba sin cobrar absolutamente nada. Hacía las fotos, las posteaba, los grupos las compartían y yo no tenía ningún beneficio económico.

¿Qué es lo que te enganchó de la fotografía de conciertos?

Creo que tiene mucho de retrato, porque estás sacando fotos a personas. Está vivo. A mí lo que me gusta es fotografiar personas. Después también he tocado el fotoperiodismo y lo que me interesan son las historias de la gente.

¿En qué momento notas más claramente la precariedad de tu trabajo?

Una de las peores cosas para poder dedicarte a tiempo completo a la fotografía de conciertos ahora mismo en Euskal Herria es que no sabes cuándo vas a trabajar y cuándo no. No tienes una continuidad que te permita decir: «Me voy a dedicar solo a esto». Es imposible. Para dedicarme únicamente a la fotografía tendría que hacer directos, giras y bodas. Y como no me apetece hacer bodas, pues no se puede. En otros países la figura del fotógrafo o videógrafo de gira está mucho más extendida.

¿Es inevitable trabajar gratis al principio?

Al principio necesitas un colchón, necesitas práctica, ir a sitios y que te conozcan. Y está ese pecado de pensar: «Les voy a pasar unas fotos para que las utilicen en redes». Hasta que aprendes que eso también es algo perverso. 

Cuando eres más joven, que te publiquen una foto en una revista puede hacerte muchísima ilusión. Pero cuando esa revista está lucrándose, está ganando dinero y a ti no te llega ninguna parte de ese dinero… Entonces tienes que empezar a darte valor. Y no solo por ti, sino porque detrás puede venir otra gente.

Aquí hay muchísimos fotógrafos que regalan sus fotos, o a quienes simplemente les da placer tener visibilidad, ir con una banda o estar en el escenario sacando fotos. Y es imposible darle valor a algo que alguien te está dando gratis.

¿Hay muchos fotógrafos musicales en Bilbao?

Hay un montón.

¿Y fotógrafas?

No. Hay muy pocas mujeres. He conocido compañeras que han estado haciendo fotos, pero llega un momento en que se queman o desaparecen.

¿Qué parte del oficio es la que menos se ve y la que más tiempo ocupa?

Todo lo que pasa cuando vuelves a casa. Antes terminaba un concierto y me quemaban las fotos en la tarjeta: llegaba a casa y hacía gaupasa editando porque quería mandarlo cuanto antes. Ya no. Ahora al día siguiente te levantas, desayunas tranquilamente y empiezas. Seleccionar lleva muchísimo tiempo. También aprendes que cuanto más disparas, más tienes que mirar después, así que vas aprendiendo a disparar menos y mejor.

Cuando trabajas con una banda, ¿qué cambia frente a hacerlo para un medio o un festival?

A veces compartes furgoneta, conoces a la banda, sabes qué pasa en el escenario, te adelantas y puedes hacer cosas nuevas porque no es un concierto puntual. Cuando trabajas para prensa musical muchas veces solo tienes las tres primeras canciones. Tienes que ser rápida y compartir el foso con todo el resto de fotógrafos. Y los festivales son una paliza: kilómetros andando, muchísimas bandas, hacerte un plan para llegar de una a otra… Es un poco ir a batalla.

Hay mucho trabajo que el público no ve detrás de un concierto.

Muchísimo. Cuando la gente paga una entrada no sabe toda la gente que trabaja para que eso suceda. Yo he ido a producciones en pueblos con el equipo a las tres de la tarde y te dicen: «Pero si el concierto es a las diez». Claro, pero para que a las diez haya concierto tienen que pasar muchísimas cosas antes.

¿Qué normas de las salas o festivales te dificultan especialmente el trabajo?

Me da muchísima rabia cuando te acreditan para tres canciones y después no solo no puedes seguir haciendo fotos, sino que te expulsan del recinto. Normalmente pasa con grandes estrellas. Te sacan por la puerta de atrás. Y hay contratos que son directamente abusivos. Algunos te obligan a entregar todas las fotos que hagas al grupo. Si hay fotógrafos que firman esos contratos, esos contratos siguen existiendo. Igual que si hay fotógrafos que trabajan gratis, no se cobra.

¿Dónde notas más claramente que la música sigue siendo un sector masculinizado? ¿En el foso, el backstage o donde se reparten los contratos?

En todo. Yo tengo la suerte de poder elegir con quién trabajo y la vida me ha llevado últimamente a trabajar con más mujeres. Se está mucho más cómoda. Las dinámicas son otras.

¿Qué situaciones has tenido que afrontar?

Actitudes de mierda. Sentirte acosada por miembros de grupos, ver determinadas situaciones en el backstage, comentarios despectivos… Y siguen ocurriendo.

Lo de «eres la novia de», «has tenido acceso porque estás buena» o «porque tienes tetas». Al final te haces una especie de careta para estar en espacios tan masculinizados. Una careta de bro. Te conviertes en «uno de ellos» para que no te lean de otra manera. Es pura supervivencia.

Y cuando hay mujeres en los grupos, esas dinámicas cambian por el simple hecho de que haya una mujer. Esa careta ya no tiene que estar todo el rato y estás mucho más cómoda.

¿Qué debería exigir alguien que quiere dedicarse profesionalmente a la fotografía musical desde el principio?

Si una banda te contacta a ti —y no eres tú quien está pidiendo ir—, un pago mínimo fijo. Y hablar mínimamente de los derechos y del uso que va a tener esa imagen.

El dinero no siempre lo es todo. Puede interesarte ir gratis a un concierto, por ejemplo, y puede ser legítimo. Pero si te contactan ellos, tiene que haber un pago mínimo y dejar claro para qué se van a usar las imágenes. Normalmente lo que paga una banda da para uso en redes sociales y poco más.

¿Alguna vez han utilizado tus fotografías sin permiso?

Me forraron una marquesina de autobús con una fotografía mía sin pedirme permiso. Cogieron la foto, la imprimieron y la utilizaron para anunciar unos autobuses para un concierto.

Contacté con la persona a la que yo había pasado esa foto. Sé que podría haber reclamado dinero, pero ahí se quedó.

¿Crees que ahora existe más conciencia sobre las condiciones laborales, los pagos dignos y los derechos de uso de las fotografías?

Creo que la pandemia hizo que algunos sectores de la industria musical —técnicos y demás— se unieran y crearan sindicatos. Eso ha llevado a establecer cosas como turnos de ocho horas o determinadas condiciones.

Pero los fotógrafos y las fotógrafas seguimos sin hablar demasiado entre nosotros de cuánto cobramos o de nuestras condiciones. Y eso es muy malo, porque la gente lo utiliza.

Cuesta muchísimo hablar de dinero. Tendríamos que agruparnos un poco y hacer un convenio. Si blindáramos unas condiciones mínimas sería mucho más difícil que se aprovecharan y las condiciones mejorarían.

Si todo tu archivo fuera una memoria de estos años, ¿qué estaría contando de la escena musical vasca?

Que la escena musical es brutal, pero está dividida en estratos. Hay unos pocos grupos muy mainstream que hacen muchísimos conciertos y después hay una escena completamente viva en salas pequeñas, gaztetxes y otros espacios. Todos los fines de semana hay una cantidad increíble de conciertos y propuestas.

Cuando terminó la gira de Berri Txarrak mucha gente me preguntaba: «¿Y ahora qué?», como si con Berri Txarrak se acabara el mundo. Yo escribí entonces que ahora tenían la oportunidad de ir a conocer esa escena menos conocida.

A mí me gusta esa cercanía con las bandas, sentir el sudor de la gente que te empuja. Cuando me pones un foso enorme y un escenario gigantesco, las condiciones de luz serán fantásticas, pero también hay una frialdad.