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Ángela Figuera Aymerich: poeta, maestra y traductora bilbaína

Ángela Figuera Aymerich fue una poeta, maestra y traductora bilbaína nacida en 1902. Aunque su legado es mucho menos conocido, fue coetánea de los muy estudiados poetas vascos Gabriel Celaya, Blas de Otero y Gabriel Aresti. fue una de las primeras mujeres que cursó Bachillerato. Escribió sobre el rol de las mujeres en la sociedad, la maternidad, la opresión franquista y sobre sus ansias de libertad.

Ángela Figuera Aymerich nació el 30 de octubre de 1902, en la calle Espartero (ahora Juan de Ajuriaguerra) de Bilbao. Hija de Jesús Ángel Figuera Figuera (ingeniero y catedrático de ascendientes valencianos nacido en Cuba) y Amelia Aymerich Sánchez (hija de un matrimonio de artesanos de Alcira), una pareja de clase acomodada recién instalada de Bilbao, Ángela fue la primera de nueve hermanos y hermanas.

Figuera fue alumna del Sacré Coeur, un colegio de monjas francesas situado en la Gran Vía bilbaína. Impulsada por su padre, en esos momentos catedrático de la Escuela de Ingenieros Industriales de Bilbao y pintor aficionado, Ángela desarrolló su sensibilidad artística desde bien pequeña. 

Más allá de la educación recibida en las aulas, el padre alimentaba la curiosidad artística de su hija, llevándola a la ópera y al teatro. Como ella misma relata en sus escritos, el carácter proactivo y la generosidad del padre fueron factores decisivos para el libre desarrollo creativo de nuestra protagonista.

La pareja quiso que todos sus hijos e hijas estudiaran o aprendiesen un oficio, en el caso de las niñas, una decisión poco común para la época. Tanto es así que Ángela Figuera fue una de las primeras mujeres del Estado español que cursaron el Bachillerato. Según ella misma relató en los años setenta al periodista Robert Saladrigas, en su clase de Bachillerato eran “cinco muchachas entre ciento cincuenta varoncitos”.

Ya en esta época, Figuera comenzó a escribir sus propios cuentos y poemas, aunque la familia decidió no publicar estos textos, dado que la propia autora no los consideraba parte de su obra.

Durante estos primeros años de estudios superiores, Ángela tuvo que compaginar sus lecturas con el cuidado de sus hermanas y hermanos. La frágil salud de su madre, que derivó en una sordera precoz, hizo que ésta no pudiera encargarse de la prole, cayendo sobre Ángela el peso de los cuidados. Aunque contaban con una doncella y una aña o cuidadora, la hermana mayor fue el gran pilar emocional de la familia. 

Así lo recuerda su hermano, el cirujano Diego Figuera, en el testimonio recogido por la periodista María Bengoa, autora del libro ‘La poeta Ángela Figuera’: “Aunque teníamos un aña, ella (Ángela) nos cuidaba y venía con nosotros. Mi madre era sorda y Ángela se ocupó muchísimo de mí siempre, más que nadie”.

Tras varias disputas con su padre, que quería que Ángela estudiase Odontología, en 1925 nuestra protagonista se matriculó, como alumna libre, en la carrera de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid. 

Un año después, Ángela recibe uno de los grandes mazazos de su juventud: la repentina muerte de su padre. Atravesada por el duelo y viendo cómo la situación económica de la familia iba debilitándose, Figuera no dudó en terminar sus estudios. Viajó a Madrid, a casa de sus tíos, donde cursó el último año de la licenciatura. En esa casa llena de gente conoció a su primo Julio Figuera, del que se enamoró.

En 1928, Ángela volvió a Bilbao y comenzó a trabajar como administrativa en Aceros Poldi, empresa metalúrgica de importación italiana. Durante los dos siguientes años, compaginó la escritura de sus primeros poemas adultos con el trabajo y el cuidado de la familia. 

En 1930, su abuela materna Amelia (que vivía en el hogar familiar) falleció y los Figuera Aymerich decidieron mudarse a Madrid. Contando con la ayuda de familiares y conocidos que tenían en la ciudad, la familia (la propia Ángela, su madre y todos sus hermanos y hermanas) emprendió una nueva vida en la capital. La poeta trabajó en el colegio privado Decroly y después en el Montessori, compatibilizando ambos trabajos con las clases particulares que también impartía. 

En 1934, Ángela Figuera se casó con su primo Julio Figuera, ingeniero de profesión. La pareja decidió entonces mudarse a Huelva, donde ella había obtenido la plaza como catedrática de Lengua y Literatura. 

Dos años después, la poeta dio a luz a su primer hijo, que murió nada más nacer por complicaciones en el parto. En diciembre de 1936, cinco meses después de la sublevación militar que desató la Guerra Civil, Ángela dio a luz a otro niño, que sí sobrevivió y al que llamó Juan Ramón, en homenaje al reconocido poeta Juan Ramón Jiménez. 

El nacimiento de su hijo no hizo más que agrandar el campo de interés de uno de los temas principales de la obra de Figuera: la maternidad. Tanto es así que en el primer poemario que publicaría años después (‘Mujer de barro’), se pueden leer versos como este: “Mujer de barro soy, mujer de barro: pero el amor me floreció en el regazo”. La relación con su hijo marcó también los títulos “El Hijo”, “Alumbramiento” o “El fruto redondo”.

Poco después del nacimiento de Juan Ramón, Julio Figuera se alistó en el bando republicano y fue detenido por comunista, dejando a Ángela a cargo del recién nacido. Ésta siguió trabajando de profesora en institutos y colegios, teniendo que mudarse a Valencia y Murcia. 

Terminada la guerra, Julio salió de prisión en 1838 y toda la familia volvió a Madrid, lugar donde la poeta recibió también una reprimenda política: el Estado castigó a Figuera por estar a favor de la República, retirándole el título universitario e impidiéndole volver a impartir clases en Madrid. Por aquel entonces, la familia pasó temporadas en Soria, lugar que años después inspiró el segundo libro de la artista.

En estos años en los que no pudo ejercer, Figuera se dedicó a la escritura y al cuidado de su hijo Juan Ramón. En 1948, a sus 46 años, la poeta publicó su primer poemario: ‘Mujer de barro’. Aunque ella misma describió su primera publicación como “muy tardía”, Figuera inició en ese instante una maratón de escritura que duró casi cuarenta años. 

‘Mujer de barro’ y ‘Soria pura’ (1949), los primeros dos poemarios de la escritora, forman parte de lo que la propia Ángela denominó como su “etapa subjetiva”. En estos primeros títulos, Figuera nutre su poesía con elementos populares y reconocibles, tratando temas como el erotismo, la nostalgia y la maternidad.

Consciente de que ser mujer, hija y madre había condicionado su vocación artística, Figuera escribió estas líneas en uno de sus poemas más conocidos (“Rebelión”, ‘El grito inútil’, 1952): “Serán las madres las que digan: Basta. Esas mujeres que acarrean siglos de laboreo dócil, de paciencia, igual que vacas mansas y seguras que tristemente alumbran y consienten con un mugido largo y quejumbroso el robo y sacrificio de su cría. Serán las madres todas rehusando ceder sus vientres al trabajo inútil de concebir tan sólo hacia la fosa”.

En cuanto al enfoque feminista de sus poemas, la profesora de la Universidad de Deusto Mercedes Acillona sostiene que Figuera perteneció a la generación de escritoras influidas por poetas latinoamericanas como Alfonsina Storni, Juana de Ibarburu o Gabriela Mistral. Según asegura Acillona, la poeta bilbaína es “la más social de nuestras autoras y ofrece un enfoque originalísimo por el que se uniforma, desde la óptica de la mujer, su canto contra la injusticia”.

En el primer poemario publicado de la artista, encontramos los siguientes versos que pertenecen al poema “Mujer”, texto que reivindica un papel activo de la mujer: “¡Cuán vanamente, cuán ligeramente me llamaron poeta, flor, perfume!… Flor no, florezco. Exhalo sin mudarme. Me entregan la simiente: doy el fruto. El agua corre en mi: no soy el agua”. Así, la artista propone un cambio en la percepción de la identidad de las mujeres e intenta alejarse del lugar marginal al que se condenaba a las creadoras de la época.

En 1950, Ángela Figuera comenzó a hacer traducciones del inglés y el francés, labor que hizo que consiguiera un trabajo en la Biblioteca Nacional. Mientras ejercía de bibliotecaria por las mañanas y escribía por las noches, encontró un proyecto innovador al que dedicar sus tardes: el Bibliobús. Esta biblioteca ambulante acercaba una selección de obras literarias a zonas aisladas y empobrecidas, en las que Figuera y sus colegas intentaban inculcar el hábito de la lectura.

Durante todos estos años, la creadora mantuvo una incesante relación por correspondencia con los poetas vascos Gabriel Celaya y Blas de Otero. El contacto entre los artistas, que fue creciendo desde la admiración profesional, se acabó convirtiendo en una duradera relación en la que intercambiaban sus impresiones políticas, artísticas, existenciales y familiares. Ambos participaban en las tertulias que Ángela organizaba en su casa de Madrid y en la casa de su hermano Rafael en Bilbao, en las que la poeta juntaba a intelectuales y amigos (todos militantes antifranquistas) para hablar sobre poesía y política. 

Celaya, Otero y Figuera, junto al también bilbaíno Gabriel Aresti, formaron el que años después se conoció como el cuarteto vasco de los poetas de posguerra, colectivo que compartía el carácter reivindicativo y crítico en sus obras.

En la década de los cincuenta, Figuera publicó ‘El grito inútil’ (título que recibió el Premio Ifach) y ‘Víspera de la vida’, libros que marcaron la etapa más política de la autora. En ambos ahondó, con una escritura afilada y certera, en la opresión hacia las mujeres. En su sexto libro, ‘Los días duros’ (1953), la autora profundizó en las miserias de la España franquista, con su peculiar mezcla de angustia y humor.

En 1958, Figuera terminó su libro ‘Belleza cruel’, en el que la autora habla de la injusticia, de la represión y de su firme compromiso con la libertad. En pleno franquismo, la poeta decidió no enfrentarse a la censura de la época y enviar el manuscrito a unos amigos de México. El texto fue muy celebrado entre colegas y lectores, también por la crítica, que le otorgó el premio de poesía Nueva España (galardón que ofrecía la Unión de Intelectuales Españoles de México).

Un año después, Julio Figuera recibió una oferta de trabajo de ingeniero en Avilés y Ángela se mudó con él a la ciudad asturiana, dejando en Madrid a su hijo Juan Ramón. Tras la mudanza, publicó algunos poemas sueltos y el último poemario que marcó el final de esta segunda etapa creativa de la artista: ‘Toco la tierra. Letanías’ (1962). Este escrito, considerado por profesionales que han estudiado su obra como uno de sus mejores libros, no tuvo una buena acogida. En él, Figuera se mantenía fiel a sus ideales, pero hablaba del cansancio que se iba apoderando de ella.

Alejada de la bohemia vida madrileña, la escritora dedicó sus últimos años al disfrute de su familia y a la literatura infantil. En una entrevista que concedió a la revista ‘Destino’ en 1974, la poeta explicó así el final de su obra: “Luego he callado. No sé muy bien por qué. Me lo preguntan y me lo pregunto. No sé contestar. Algo he escrito y he roto mucho. Acaso estoy cansada de gritar y quiero sentarme un poco, ser abuela y mujer de mi casa y gozar de mi vejez cuando puedo olvidar mis preocupaciones que no cesan, sino que crecen ante la marcha del mundo y el dolor de los pueblos que constantemente muerde a los más débiles”.

En 1979, inspirada por los cuentos que contaba a su nieta Ana en los viajes de Avilés a Madrid, Ángela Figuera firmó ‘Cuentos tontos para niños listos’, libro de poesía infantil editado primero en México y después en España. Su última obra, publicada a título póstumo, fue ‘Canciones para todo el año’. En este libro, también dedicado al público infantil, empleó un tono más lírico para contar historias sobre los animales, la Navidad o la naturaleza.

Ángela Figuera Aymerich murió en Madrid, el 11 de abril de 1984, a los 81 años. Según las investigadoras y los investigadores que han estudiado su obra, la poeta fue una gran artista que no obtuvo el reconocimiento que merecía. 

Su actitud combativa y sus poemas contrarios al régimen franquista afectaron a la repercusión de su obra en España, pero no en otros países. Joanna Evans, investigadora irlandesa que realizó su tesis doctoral sobre Figuera, añade otro factor que influyó en su escaso éxito: sostiene abiertamente que la obra de Ángela Figuera “fue ensombrecida por los poetas masculinos de su generación”. 

Los textos de Figuera han sido traducidos al francés, inglés, árabe, checo, rumano, sueco, chino, ruso, ucraniano y turco, entre otros idiomas. Además, contamos con múltiples trabajos de análisis de la artista en Estados Unidos, Canadá, Puerto Rico, Italia y Reino Unido.

La obra de la poeta se sigue estudiando en las escuelas, aunque ella misma afirmó, con el sentido del humor y la lucidez que la caracterizaban, no esperar nada del porvenir de sus poemas: “¿Qué importa si pasa esta hora, si siendo mortales pasamos todos y mis problemas pasan y se pierden también? El futuro no nos pertenece”.