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Amparo Llanos: «Lo que valemos, págamelo»

PEPA FERREIRO

Amparo Llanos ha vivido casi todos los formatos posibles de una carrera musical: empezar sin sello, pagar de su bolsillo un primer disco, vender más de un millón de copias con Dover, negociar con multinacionales, rechazar campañas millonarias, volver después a la autoedición con New Day y seguir defendiendo algo muy sencillo: que el trabajo se pague. Hablamos con ella de dinero, derechos de autor, poder, independencia, éxito, edad y de lo que cambia cuando una banda pasa de viajar en varios coches a recorrer Europa en un autobús con camas.

¿En los años 90 existían también jerarquías muy marcadas dentro de la industria musical?

Claro. Hay jerarquías en todo. La sociedad patriarcal está basada en un sistema de jerarquía y en la música siempre hay alguien que controla y tiene el poder, que son las compañías grandes, las multinacionales. En los 90 tuvimos la suerte de que había muchos sellos pequeños que trabajaban con las bandas que querían y, sin que nadie lo supiera, todo aquello acabó cambiando el panorama musical.

Os dijeron muchísimas veces que cantar en inglés no iba a ser rentable. ¿Lo fue?

Nos lo dijeron millones de veces. Nosotras sabíamos que cantando en inglés probablemente no íbamos a vender muchos discos ni a hacer aquellas giras de verano de ochenta conciertos. Pero era nuestra manera de expresarnos artísticamente y había otros grupos haciéndolo.

Si por rentable entendemos económicamente rentable, milagrosamente sí. Tuvimos una carrera muy larga y pudimos vivir muy bien de nuestra música. Tuvimos esa suerte increíble y también impusimos nuestras condiciones.

El primer disco de Dover, Sister, lo pagaste tú.

Sí. No conseguimos que ningún sello quisiera grabarlo. Yo tenía unos ahorros y un buen trabajo, así que pagué la grabación. Me gasté unas 300.000 pesetas. Después busqué a alguien que quisiera licenciar el máster y acabamos con Everlasting/Caroline.

Vendimos unas 700 copias. Ahora está considerado un disco de culto, pero entonces el sello pensó que aquello no funcionaba y nos dijeron que, si queríamos marcharnos, nos marcháramos.

¿Qué significaban para vosotras aquellas primeras ventas?

No estábamos pensando en dejar nuestros trabajos y vivir ya de la música. Lo que queríamos era que nos tomaran un poco más en serio, poder entrar en algún festival pequeño o conseguir alguien que nos buscara conciertos.

La diferencia entre vender quince discos o setecientos era que quizá podías alquilar una furgoneta en lugar de ir con todo el equipo repartido en dos o tres coches.

Después llegó Devil Came to Me y todo cambió.

Lo primero es que hicimos un discazo. Está mal que yo lo diga, pero lo creíamos de verdad. Cuando terminamos de mezclarlo yo estaba convencida de que habíamos hecho un disco buenísimo. No de que fuera a vender un millón de copias, sino simplemente de que era un discazo.

Después estaba Subterfuge, que hizo un gran trabajo. Tenía muy buena relación con los medios y, solo por estar allí, empezamos a generar un interés que antes no existía. Y luego llegó el anuncio de Radical, que ayudó muchísimo a que la música llegara a todo tipo de público.

¿Cuánto llegó a vender Devil Came to Me?

Más de un millón de copias.

Un año después os ofrecieron muchísimo dinero por protagonizar un anuncio de Pepsi.

Creo que eran unos 50 millones de pesetas. Una barbaridad de dinero por grabar un anuncio en un día. Y dijimos que no.

Una cosa era permitir que nuestra música apareciera en un anuncio y otra muy diferente salir nosotras protagonizándolo. Ahí dijimos que no.

¿Eso resume un poco vuestra relación con el dinero?

Sí. Tuvimos la suerte de ganar mucho más dinero del que habíamos soñado nunca, pero yo siempre tuve muy claro que quería el dinero que nos correspondía.

Por ser Cris y yo mujeres no quería que cobráramos menos. Siempre he sido muy pesada con eso: lo que valemos, págamelo.

Pero lo que tampoco íbamos a hacer era aceptar cosas que no queríamos hacer por dinero o alargar la carrera únicamente por dinero. Podríamos volver ahora y hacer conciertos de Dover, pero si la única razón fuera el dinero, no nos interesa.

¿Cómo eran económicamente aquellas grandes giras?

En España seguíamos viajando en nuestra furgoneta, todos bastante apiñados. En Europa, cuando empezamos a hacer giras muy grandes, de veinte conciertos en un mes, ya llevábamos un sleeper, un autobús enorme con camas, literas y baño.

Tenía que ser así porque terminabas un concierto y el autobús viajaba durante la noche para llegar al día siguiente a la siguiente ciudad. La dimensión del proyecto había cambiado completamente.

¿Cómo se protege la vida personal en una gira así?

Es complicado. Pasamos de tocar para muy poca gente a tocar en pabellones y campos de fútbol en muy poco tiempo. Para mi hermana y para mí, que somos bastante introvertidas, era increíble y maravilloso, pero también suponía una exposición enorme.

Todos los días tenías que subir a un escenario delante de muchísima gente y defender lo tuyo. Era un sueño, pero también una rutina muy exigente.

¿Te alegra haber vivido todo aquello sin redes sociales?

Muchísimo. Me encanta que no hubiera redes sociales. No tengo nada contra ellas, pero creo que generan cierta ansiedad por el reconocimiento continuo. A lo mejor con redes sociales habríamos sido estrellas globales, pero me da igual. Estábamos bien como estábamos.

Cuando fichasteis por una multinacional, ¿perdisteis libertad creativa?

No. En ese momento ya teníamos mucho poder y pudimos exigir muchísima libertad creativa. La compañía nos prometía trabajar nuestra proyección internacional y eso nos apetecía mucho.

Nos preguntaron dónde queríamos grabar y nos fuimos a Seattle. Después grabamos otro disco en Los Ángeles. Pero con el tiempo también dijimos: «Déjate, que esto de irse tan lejos es cansadísimo». Nunca he creído que por encerrarte en un estudio en Jamaica vayas a componer mejor.

En la grabación de I Was Dead for 7 Weeks in the City of Angels, ¿qué margen económico teníais?

Te hablo desde un lugar privilegiado. Teníamos una compañía que, por contrato, tenía que invertir una determinada cantidad y contábamos con un muy buen presupuesto. Eso nos permitió irnos a Los Ángeles y trabajar con bastante tranquilidad.

Ese presupuesto no significaba que pudiéramos hacer cualquier cosa, pero sí nos daba un margen que muchísimas bandas no tienen.

¿Qué importancia tuvo vuestro manager en una carrera tan larga?

Mucha. Tuvimos un muy buen manager, Carlos Mariño. Ni siquiera teníamos un contrato escrito con él porque la relación estaba basada en muchísima confianza. Era una persona que trabajaba muy bien y nos entendía.

Después de Dover montaste New Day y volviste prácticamente al principio.

Las diferencias económicas fueron abismales. Las condiciones de New Day se parecían muchísimo más a las condiciones que habíamos tenido con Sister.

El primer disco de New Day no lo quería ninguna compañía, así que lo autoeditamos y trabajamos con Altafonte para la distribución. Íbamos a los sellos diciendo: «Pero si somos dos de Dover», y la respuesta era: «¿Dónde está la cantante?». O miraban Instagram y decían: «Tenéis 2.000 seguidores».

Era muy fuerte porque yo estaba completamente motivada. Tenía 50 años y pensaba: «Voy a entrar en la menopausia cantando y tocando la guitarra con un grupo nuevo. Qué maravilla». Yo no quería parar, aunque la industria pareciera pensar otra cosa.

¿Cómo fue volver a tocar para veinte personas después de haber llenado pabellones?

A mí me encantaba seguir cogiendo la furgoneta, llegar a una sala, hacer una prueba de sonido y tocar. Hubo conciertos en los que había veinte personas y entre esas veinte estábamos casi nosotros y nuestros amigos.

Pero yo disfrutaba muchísimo de ese modo de vida. El hecho de volver a empezar no me quitó las ganas de tocar.

Ahora, económicamente, ¿de qué vivís tu hermana y tú?

Nunca tuvimos gustos especialmente caros. Vivimos en parte de las rentas y también de los derechos de autor que generan nuestras canciones.

Yo no pido más de lo que me corresponde, pero lo que es nuestro lo quiero. Lo que generaron las canciones que escribimos mi hermana y yo, quiero que sea para nosotras.

¿Seguís teniendo control sobre el uso comercial de esas canciones?

Sí. Tenemos editoriales que gestionan nuestros derechos de autor y, cuando llega una propuesta para utilizar una canción en una película, un anuncio o cualquier otra cosa, tienen que mandarnos la propuesta y nosotras podemos decir que sí o que no.

Hay veces que decimos que sí y muchas otras que decimos que no. Si no lo vemos claro, no lo hacemos.

Después de todo lo vivido, ¿qué has aprendido sobre música y dinero?

Que puedes tener muchísimo éxito y aun así tienes que saber qué es tuyo, qué estás firmando y cuánto vale tu trabajo. Y también que ganar dinero no significa que tengas que aceptar cualquier cosa.

Para mí la cuestión sigue siendo bastante sencilla: lo que valemos, págamelo. Y luego ya decidiremos nosotras qué queremos hacer y qué no.